Estrenamos nueva página web.

Está disponible en el siguiente enlace:

http://www.juancarlosdiazlorenzo.com/

Muchas gracias por su interés y atención.

Saludos,

Juan Carlos Díaz Lorenzo

Juan Carlos Díaz Lorenzo

La iglesia de San Antonio abad tiene una airosa espadaña, hecha en piedra de cantería, que se terminó de fabricar en 1866, en virtud del testamento de Antonio de Paz Camacho –otorgado el 24 de octubre de 1864–, en el que dejó un donativo de 1.000 pesos “y que si sobraba alguna cosa se invirtiere en la que más necesitase dicha parroquia”. Gracias a la generosidad de otros hijos de Fuencaliente residentes en Cuba, Manuel García y Vicente Hernández Cabrera, donadas por éstos llegaron las nuevas campanas, que fueron instaladas el 18 de agosto de 1867.

A comienzos del siglo XX la iglesia de San Antonio fue objeto de una nueva ampliación, sin que por ello perdiera su carácter humilde. En 1901, el presbítero José Antonio Brito constituyó una Junta Patriótica con la finalidad de recabar fondos para ensanchar y restaurar el templo, situado a la vera del camino real que enlazaba la capital insular y los pueblos del valle de Aridane.

El encalado de la ampliación de la iglesia, en pleno proceso

La corporación municipal respaldó la iniciativa y en septiembre del citado año adoptó un acuerdo en el que excitaba “el celo del vecindario y su patriotismo para que voluntariamente contribuyan con las prestaciones necesarias para el ensanche de la Iglesia parroquial y plaza pública, que actualmente se lleva a efecto por subvención vecinal”.

Pese a sus limitados recursos, el pueblo fuencalentero respondió a la petición con generosidad y con el apoyo e influencia del secretario de la corporación local, Luciano Hernández Armas, los trabajos dieron comienzo en las semanas siguientes.

Las obras, sin embargo, tuvieron sus altibajos y enfrentaron al cura y el Ayuntamiento. El pleno, reunido el 8 de junio de 1902, informó de la decisión del párroco Tomás Brito, de que “á causa de la carencia de fondos para sufragar los gastos que exige la reedificación de nuestro templo parroquial y saldar los compromisos contraídos con dichas obras, se ha visto en el desagradable paso de tener que suspender dichas obras hasta que varíen las circunstancias que le han impulsado a tomar dicha determinación”.

La corporación no ocultó su desagrado por este hecho y así lo hizo constar:

“Que el Sr. Cura, de por sí y sin acuerdo de la Junta Patriótica, haya tomado la indicada determinación que ocasiona un lamentable conflicto que se podía haber solucionado si se hubiere puesto de acuerdo con la Junta, que ha reunido cantidades de consideración, que han de pasar de siete mil pesetas y que se le han entregado a dicho Sr. Cura como tesorero de la misma, y con el fin de evitar cuestiones desagradables, que por lo pronto no se dé ninguna queja del Sr. Obispo acerca de este asunto”.

Solucionado el malentendido, el 10 de febrero de 1904 se celebró la solemne función religiosa de su inauguración, que estuvo presidida por el arcipreste de La Palma, José Puig y Codina, en la que predicó “un elocuente discurso” el cura párroco de la villa de Breña Alta, Elías Pérez Hernández.

La crónica del periódico “La Solución” agrega que “la concurrencia fue numerosísima”. El ayuntamiento pleno, presidido por el alcalde Antonio de Paz Armas, había acordado en sesión plenaria anterior “concurrir en corporación” a la bendición del templo parroquial. La cubierta se recubrió en su interior con un falso techo decorado con varias pinturas de Ubaldo Bordanova, que corresponden a los evangelistas Marcos, Mateo, Lucas y Juan, así como una alegoría a San Antonio abad.

Bibliografía:

Díaz Lorenzo, Juan Carlos. “Fuencaliente. Historia y tradición”. Madrid, 1994. 

Juan Carlos Díaz Lorenzo

Por espacio de algo más de tres décadas, Juan Matías Torres Pérez y quien suscribe fuimos amigos de buen hacer. Una amistad nacida al calor del paisanaje, herencia acrisolada de nuestro pueblo de Fuencaliente y la admiración que siempre sentimos hacia su trabajo bien hecho, conjunción de paciencia y sabiduría heredada y transmitida a las nuevas generaciones. En la hora de su despedida sentimos una pena grande, sí, pero también una satisfacción inmensa por haberle conocido y tenido entre los amigos leales y haber disfrutado durante todos estos años de su amistad y de sus amplios conocimientos.

Porque sucede que, asociada a la larga tradición vitivinícola de Fuencaliente, que remonta sus orígenes al siglo XVII, en los últimos años han consolidado su presencia en el mercado regional algunas bodegas familiares, las cuales, en clave de relevo generacional, han pasado el testigo de padres a hijos y, en algunos casos, han marcado el comienzo de una nueva etapa, en la que han consolidado y logrado expandir sus posibilidades.

Juan Matías Torres Pérez (1949-2015). Se nos ha sido demasiado pronto

Uno de los casos más significativos corresponde a Juan Matías Torres Pérez (Fuencaliente, 1948-2015), propietario de la bodega de su mismo nombre y las marcas comerciales “Vid Sur” y “Matías i Torres”. La cuarta generación de la familia Torres, que acaba de extinguirse con su despedida terrenal, siguió la senda que trazaron sus predecesores. Juan Matías era bisnieto, por línea paterna, de Luciano Hernández Armas (1856-1951), destacada figura de la historia contemporánea de Fuencaliente.

Personaje carismático, el viejo Luciano, como se le recuerda aún en el municipio, era maestro nacional, condición en la que llegó a Fuencaliente en agosto de 1874, con carácter interino y 18 años recién cumplidos. El ayuntamiento, en tiempos del alcalde José Domínguez Yanes, le encomendó dicha función porque “es persona apta para dicho desempeño por su saber e intachable conducta moral y política”.

Sin embargo, su temprana vocación docente habría de dejarla aparcada en agosto de 1882 para dedicarse al oficio administrativo en el ayuntamiento de la localidad, en el que prestó innumerables servicios y del que sería secretario por espacio de 46 años (1882-1927). Además, ejerció los cargos de presidente de la Cámara Agraria Local, secretario del juzgado de paz y estando jubilado ocupó cargo de concejal durante varios años. Hacia 1895, Luciano Hernández Armas, con la ayuda de familiares y amigos artesanos, construyó en terrenos de la familia Torres un lagar de pinotea para las vendimias, en el que se efectuó la primera cosecha.

Juan Matías Torres Pérez fue un trabajador infatigable

La naturaleza volcánica de Fuencaliente y el buen y bien hacer de manos artesanas y laboriosas constituye el elemento básico para la calidad de sus viñedos. A finales del siglo XIX y durante buena parte del XX, la familia Torres Pérez tenía sus viñas repartidas en cuatro hectáreas de terrenos en los parajes denominados Los Llanos Negros y Las Rosas, cuyas cosechas eran elaboradas en dos lagares y cuatro bodegas situadas en sitios estratégicos y equidistantes de los campos de cultivo. La variedad más importante entonces era el listán blanco, cuya producción, en tiempos de Juan Torres Díaz, yerno del viejo Luciano, era enviada en barriles en su mayoría a Las Palmas, así como sacos de cochinilla, quesos y pieles.

El relevo generacional, a comienzos de la década de los años cincuenta, llegó de la mano de su hijo José Torres Hernández, etapa en la que se compraron terrenos en Las Machuqueras, lo que permitió aumentar considerablemente la producción de vinos, que eran vendidos en Las Breñas y, sobre todo, en los bares y casas de comidas en Santa Cruz de Tenerife, regentados por paisanos de Fuencaliente, caso de los primos Isaac Francisco de Paz e Isidro Francisco Pérez -arrendadores o propietarios de los bares “Galicia”, “Orinoco”, “La Pila”, “El Puerto” y “La Viña del Loro”-, así como un cuñado de éste y su esposa, Ismael García Mederos y Vicenta Francisco Pérez, que alquilaron y después adquirieron en propiedad “La Nueva Viña Palmera”. Cuando la cosecha palmera no era suficiente, entonces se importaban vinos de El Priorato y Jumilla, aunque la clientela, a éstos últimos, les concedía poco aprecio. 

Aquellos eran otros tiempos. José Torres Hernández enviaba a sus clientes de Santa Cruz de Tenerife una media de 50 bocoyes anuales de 450 y 600 litros, respectivamente, así como algunos destilados, sobre todo aguardiente. Las pipas iban y venían a medida que el comercio lo demandaba. En Fuencaliente se cargaban en camiones y se descargaban sobre muelle para luego meterlas en las bodegas de los barcos de cabotaje por medio de tablones y la ayuda de lingadas.

Juan Matías Torres, en los viñedos de los arenales de Las Machuqueras

A pesar del cuidado que se ponía en este tipo de trabajos, en más de una ocasión se produjeron roturas y la pérdida total del producto, pese a lo cual se trataba de recuperar el envase para su retoque y calafateado a cargo del carpintero. Y, así, una vez más, vuelta a empezar. En un año bueno, la cosecha de la familia Torres se traducía en unos 16.000 litros de vino, que la clientela tinerfeña esperaba con ansia, habida cuenta de la buena reputación que mantenía su proveedor.

En 1973, y debido a la enfermedad de José Torres, asumió el negocio familiar su hijo Juan Matías, que decidió continuar la tradición después de que le hubiera sido denegado el permiso para emigrar a Inglaterra, siguiendo la senda de muchos jóvenes palmeros de la época. La producción y la comercialización se mantenía en la misma tónica, tanto en envases grandes de madera como en garrafones, aunque en los años siguientes se produciría un cambio radical a raíz de las nuevas normativas sanitarias, lo que planteó la necesidad de renovarse o cerrar el negocio.

Por entonces, la bodega familiar se había incrementado en otras 29 pipas de 450 y 600 litros de capacidad, hasta alcanzar la cifra de 20.000 litros, y en la actualidad, gracias a los nuevos envases de acero inoxidable que suman otros 10.000 litros, la capacidad se ha incrementado a 30.000 litros.

En los últimos años se ha producido, además, un cambio en la tendencia de cultivo de las variedades, de modo que el listán blanco, uva tradicional por antonomasia de la comarca de Fuencaliente, ha cedido el paso a la tinta negramoll, de la que la familia Torres Pecis cosecha el 80% de su producción, repartiendo el 20% restante entre listán blanco y otras varietales y malvasía, con apenas un dos por ciento, traducido en cosecha propia en unos 300 litros, a los que suman otros 500 litros, por término medio, de uva comprada a otros cosecheros.

“La malvasía –nos decía, satisfecho, Juan Matías Torres Pérez, en un reportaje que publicamos en junio de 2008 en Diario de Avisos, periódico decano de la prensa de Canarias– es una joya a nivel mundial. Los Llanos Negros, que es la mejor zona vinícola de La Palma sin discusión alguna, debería estar dedicada exclusivamente a su cultivo, como si se tratara de reserva del varietal. Las posibilidades de la malvasía son muy importantes y puede tener un alcance insospechado si sabemos orientarlo adecuadamente y darle el trato que merece”.

Victoria Torres Pecis, quinta generación de la familia Torres

El cambio de orientación de cultivos de uva blanca a tinta obedece a razones de mercado. “Siempre se ha identificado a Fuencaliente como tierra de vinos blancos, como así es, pero su cuota de mercado está muy limitada, cuando no estancada. El público prefiere los vinos tintos. En La Palma, al igual que en otras comarcas de Canarias, los tintos han mejorado mucho, y a ello ha contribuido la tecnificación y los cambios en los criterios de cultivo. Todas las bodegas, en la actualidad, producen vinos tintos. En nuestro caso hemos mantenido la forma tradicional para los tintos y malvasías y, aunque no soy enólogo, el resultado alcanzado ha sido muy satisfactorio. Con la producción de blancos seguimos otro camino, ahora más tecnificado, para evitar aireaciones y oxidaciones, con fermentación en acero y niveles adecuados de sulfuroso, de manera que el producto mantenga sus cualidades”.

El propietario de Bodegas “Vid Sur” y “Matías i Torres” ponía entonces especial énfasis en las vendimias: “Debemos procurar hacerlas lo más frescas y afrutadas posibles”, para lo cual resulta indispensable recoger la uva en horas tempranas, dispensarle un trato exquisito, evitando golpes y amontonamientos innecesarios. “A la uva, lo mismo que al plátano y a otras frutas, hay que mimarla”, nos decía convencido.

En 2000, ante el curso de las nuevas normativas, Juan Matías Torres Pérez registró la marca “Vid Sur”, con la que se identifica el fruto de su trabajo. La producción se ha mantenido estable, con ligeras variaciones al alza, en función de la calidad y cantidad de las cosechas. El apoyo del público a una producción exquisita y bien elaborada consigue su fruto y cada cosecha está prácticamente vendida. Además, la concesión de premios supone “un estímulo y un impulso para seguir trabajando”. El relevo lo ha tomado una mujer perteneciente a la quinta generación Torres. Su hija mayor, Victoria Eugenia, viene trabajando desde hace tiempo y dando pasos sólidos y consistentes, que aseguran la continuidad de una tradición familiar que ya tiene rango centenario.

Fotos: Juan Carlos Díaz Lorenzo y Victoria Torres Pecis

Juan Carlos Díaz Lorenzo

Este sacerdote de origen catalán, de grata e inolvidable memoria, fue párroco de Fuencaliente de La Palma en varias etapas comprendidas entre 1927 y 1945. El primer contacto del padre José Pons Comallonga con la parroquia de San Antonio abad se produjo en mayo de 1927, si bien su firma no aparece en los libros parroquiales hasta febrero de 1928. Aún después de que fuera destinado a otras parroquias de la isla, el humilde sacerdote mantuvo un contacto asiduo con el pueblo fuencalentero, que honra su memoria con una céntrica calle en el barrio de Los Canarios.  

En 1935 recibió de nuevo el encargo y según se cita en la instrucción, “el obispo le obligó urgentemente a hacerse cargo también de la parroquia de Fuencaliente, lo que cumplió inmediatamente”. Según consta en el citado documento, “el anterior párroco, a causa de una enfermedad contraída en los barcos, se cargó de deudas, que no pudo llegar a pagar, lo que causó grave escándalo en el vecindario y demás sitios de la isla, por tratarse de tiempos de la República”[1].

El padre Pons Comallonga, en Fuencaliente de La Palma, con un grupo de feligreses

El padre Pons decía misa en Las Manchas y en Fuencaliente y en menos de tres horas recorría a pie la distancia que existe entre ambas parroquias. En la de san Antonio abad contó con destacados colaboradores, caso del sacristán Vicente Hernández Hernández, “santolario”, y de su esposa Vicenta Hernández Santos, padres de Antonio Hernández Hernández, primer sacerdote nacido en el municipio.

Desempeñó una gran labor en la catequesis, que impartía tanto en las escuelas como en otros lugares, al aire libre, junto a una cruz de caminos, donde se reunía con los niños. Los últimos años de su vida los pasó en el monasterio del Císter, en Breña Alta, en el que falleció el 26 de agosto de 1964. El funeral se celebró en la parroquia de El Salvador y la homilía, cargada de gran emoción, estuvo a cargo del insigne sacerdote palmero Luis van de Walle y Carballo.

Además del pueblo de Fuencaliente de La Palma, en otros municipios de la isla –Los Llanos de Aridane y El Paso– tiene una calle con su nombre, lo mismo que el grupo escolar de San Isidro, en Breña Alta. El pleno del Ayuntamiento de Los Llanos de Aridane, en sesión ordinaria celebrada el 25 de febrero de 1988, adoptó el acuerdo de solicitar de las autoridades eclesiásticas la declaración del padre José Pons como siervo de Dios y su consiguiente beatificación y canonización.

Panorámica del barrio de Los Canarios (c. 1920)

Panorámica del barrio de Los Canarios (c. 1920)

Nuestro personaje nació el 20 de febrero de 1875 en San Vicente de Fals, un barrio de Manresa (Barcelona), en el seno de una familia humilde de la que era el menor de cinco hermanos. En 1887 ingresó en el seminario de Vich, del que salió en febrero de 1895 para incorporarse al regimiento de infantería de Cantabria. En junio siguiente se encontraba en periodo de instrucción en Pamplona a las órdenes del capitán Sanjurjo. Después de la jura de bandera y ascendido al empleo de cabo, la unidad a la que pertenecía salió en ferrocarril hacia el puerto de Santander, donde embarcó el 22 de noviembre a bordo del trasatlántico “Montevideo”, en viaje a La Habana, a donde llegó el 7 de diciembre.

A continuación participó en las operaciones de Santa Clara y posteriormente en las de Cienfuegos y Pinar del Río. En octubre de 1898 el cabo Pons fue hospitalizado y a principios de noviembre fue repatriado a España a bordo del buque “Los Andes”. A su regreso a Barcelona y repuesto de sus dolencias, ingresó de nuevo en el seminario, en el que el 19 de septiembre de 1902 recibió las órdenes menores de manos del obispo Tomás Torras y Bages. Al año siguiente recibió las órdenes mayores y el 24 de septiembre de 1904, el presbiterado.

Las secuelas de su estancia en Cuba no habían desaparecido y, aquejado de disentería, se le aconsejó que se trasladara a vivir a Canarias, por las mejores condiciones del clima. En agosto de 1905 llegó a Santa Cruz de Tenerife. Su primer destino fue la parroquia de Alajeró (La Gomera) y en julio de 1906 se trasladó a Santo Domingo de Garafía. En marzo de 1908 fue nombrado párroco de San Bartolomé de Tejina y en mayo de 1909 pasó a la parroquia de El Sauzal. En noviembre de 1912 tomó posesión de la parroquia de Buenavista del Norte y entre abril y septiembre de 1915 marchó a Vich, con la debida autorización del obispo nivariense.

En enero de 1917 se hizo cargo de la feligresía de Valle de Guerra, que sería elevada a parroquia en 1925. En enero de 1928 fue trasladado a Adeje y en julio de 1920 volvió de nuevo a Buenavista del Norte, donde permaneció hasta agosto de 1921, en que pasó a la capellanía del Hospital Civil de Santa Cruz de Tenerife. Aquí permaneció hasta julio de 1924, fecha en la que tomó posesión de la parroquia de San Antonio de Padua, en El Tanque.

Estando en este destino pidió permiso al obispo fray Albino para retirarse a la trapa de Getafe (Madrid), en donde permaneció cuatro meses, pero como carecía de buen oído musical para el canto gregoriano –que era uno de los requisitos del monasterio–, decidió regresar a su diócesis y en julio de 1926 viajó a La Palma en compañía de su obispo. En octubre de ese mismo año y a consecuencia de un delicado asunto surgido con el párroco de Tazacorte, Ángel Fernández de la Guerra, José Pons fue encargado de la administración del santuario de Las Angustias y después, con carácter eventual, de la parroquia de San Miguel.

En noviembre de 1928 pasó a regentar la parroquia de Agulo. En mayo de 1931 fue nombrado párroco de Las Manchas, etapa en la que se vinculó definitivamente con la historia religiosa de La Palma. La construcción del cementerio de la localidad fue una de sus contribuciones más notables, como así se le tiene reconocido. Es posible que finalizada la guerra civil, entre septiembre y octubre de 1939 viajara a su tierra natal, aunque al parecer no fue bien recibido en la diócesis de Vich. En 1940 concurrió en segunda intentona a las oposiciones para obtener una parroquia en propiedad, lo que logró y pidió permanecer en Las Manchas.

En la ermita de San Nicolás de Bari permaneció hasta julio de 1945, en que fue llamado para solucionar otro asunto delicado en la parroquia de san José, en Breña Baja. El 27 de mayo de 1946 fue nombrado capellán del monasterio del Císter, que había sido fundado el 27 de marzo de ese mismo año por Dolores van de Walle y Fierro, viuda de Sotomayor. El obispo de Tenerife, fray Albino, lo presentó a la comunidad de religiosas como persona de entrañables virtudes y dijo que no lo había dejado marchar de su diócesis “porque quería tener en ella a un santo”. El padre Pons asumió su nuevo mandato aunque siguió colaborando en la catequesis de las escuelas de la comarca de Las Breñas. De suerte que en 1954, cuando contaba 80 años de edad, la impartía a 18 grupos.

Se cuenta que desde 1912, a la edad de 37 años, el cura Pons practicaba una singular penitencia, que consistía en dormir en un cajón y una piedra por almohada. Se alimentaba de manera pobre, a base de frutas, papas y almendras. Vecinos de Las Manchas aseguran que le vieron una especie de cocina muy rudimentaria y una pileta para lavar la ropa. La estampa más popular que de él se recuerda es la de caminante, calzado con alpargatas negras, calcetines rotos y sotana descolorida, a lo largo de la carretera general del sur camino de Fuencaliente de La Palma.

Bibliografía

Díaz Lorenzo, Juan Carlos. Fuencaliente. Historia y tradición. Madrid, 1994.

Rodríguez Jiménez, Víctor. D. José Pons, biografía y testimonio. Los Llanos de Aridane, 1990.

Nota:

[1] Rodríguez Jiménez, Víctor. D. José Pons, biografía y testimonio. Ayuntamiento de Los Llanos de Aridane, 1990.

Fotos: Archivos de Juan Luis Curbelo Juan Carlos Díaz Lorenzo.

Juan Carlos Díaz Lorenzo

Una de las calles más céntricas del casco de Los Canarios, que confluye en la intersección con la carretera general del Sur a su paso por el municipio de Fuencaliente de La Palma, lleva el nombre de Octavio Santos Cabrera. Rinde homenaje a la memoria de un joven inquieto que se fue demasiado pronto, con apenas 27 años, después de padecer durante tres décadas una enfermedad renal.

Nació el 10 de enero de 1950 en Las Caletas, segundo de los hijos de Miguel Santos Pérez e Isia Cabrera. Desde pequeño sintió una gran inquietud por el mundo del arte, la cultura y el deporte y figura entre los promotores de diversas iniciativas, en una época de medios escasos. Participó en la creación de un grupo de teatro, un taller de fotografía, la rondalla Azuquave y el teleclub de Fuencaliente, del que fue su presidente.

Octavio Santos Cabrera (1950-1977)

Participó y ganó varios premios de poesía a nivel insular y regional y, de manera especial, destacó su labor informativa en las páginas de Diario de Avisos, cuando se produjo la erupción del volcán Teneguía, en octubre de 1971. De suerte que mereció el calificativo de cronista del volcán debido al celo y atención preferente que puso en sus constantes informaciones de cuanto acontecía en las páginas del decano de la prensa de Canarias.

Octavio Santos Cabrera, junto a Domingo Acosta Pérez, Luis Ortega Abraham y otros periodistas que establecieron su cuartel general en el bar Parada, propusieron que el nombre del nuevo volcán fuera Teneguía, debido a su proximidad al roque de su mismo nombre. Como es tradición en los volcanes palmeros, se había barajado el hagiónimo de San Evaristo y el topónimo de El Búcaro, entre otros.

Una larga enfermedad renal, que padecía desde los doce años, cegó su vida el 23 de diciembre de 1977. Recordamos el hondo pesar que produjo su temprano fallecimiento en la víspera de Nochebuena. Su especial sensibilidad con ese entorno le había llevado a participar activamente en la asociación ALCER. La calle a la que hemos hecho mención, fue inaugurada el 2 de abril de 1978 –en tiempos del alcalde Florencio Pérez y Pérez– y en aquel emotivo acto tuvimos el honor de intervenir.

Juan Carlos Díaz Lorenzo

De nuevo, y hemos perdido la cuenta, los vinos de La Palma vuelven a ser buena noticia. La Guía Peñín edición 2015, correspondiente a su 25ª edición, concede su máxima calificación a dos malvasías, naturalmente dulces, de Fuencaliente de La Palma, catalogados como Vinos Excepcionales: Teneguía Malvasía Dulce Estelar 1996, con una puntuación de 96 puntos sobre cien; y Carballo Malvasía Dulce 2001, con una puntuación de 95 puntos sobre el mismo listón. 

Además de los dos Vinos Excepcionales mencionados, otros nueve vinos palmeros han obtenido la calificación de Vinos Excelentes; y 26 la de Vinos Muy Buenos. La Guía Peñín es un referente en el sector y está considerada como el vademécum español. Elaborada por José Peñín, es la más leída y de mayor difusión y se publica en español, inglés y alemán. Incluye algo más de diez mil catas correspondientes a vinos de unas dos mil bodegas de ámbito nacional.  

10589408_10201718485038620_1751444680_o

El producto de los viñedos de malvasía en Fuencaliente está de enhorabuena

Foto: Jovita Torres Lorenzo

Juan Carlos Díaz Lorenzo

Siempre recordaremos a Constantino Carballo Hernández, Tino, como a una persona afable y atenta. Cuando más le tratamos se convirtió en entrañable. Nuestro personaje tenía un doble cometido que le mantenía en contacto directo con el pueblo de Fuencaliente de La Palma: era funcionario del Ayuntamiento, donde además de ocuparse de su trabajo arreglaba multitud de papeles y con ello contribuía de alguna manera a hacerle la vida más cómoda a sus paisanos y, simultáneamente durante varios años, fue el cartero local.

Nació el 14 de marzo de 1936 en Las Indias, primogénito de Cándido Carballo de la Rosa y Timotea Josefa Hernández Hernández. Acudió a la escuela primaria en su barrio natal, en la que siguió las enseñanzas de los maestros nacionales Emilio Quintana Sánchez y Juan Torres Hernández. Hizo el servicio militar en la plaza de Sidi-Ifni y de regreso a su pueblo natal trabajó durante una temporada como empleado en el bar Parada, propiedad entonces de Rafael Hernández Conde.

Constantino Carballo Hernández (1936-1988)

El 24 de agosto de 1959 contrajo matrimonio con Fidela Álvarez Hernández, de cuya unión nacieron tres hijos: Fidel Constantino, Carlos Salvador y María Piedad. El 1 de noviembre del citado año tomó posesión de su plaza como auxiliar administrativo del Ayuntamiento de Fuencaliente de La Palma. En 1977 desempeñó el cargo de secretario habilitado y encargado del juzgado. En total fueron poco más de 21 años de dedicación a su trabajo municipal[1].

Tino fue, además, funcionario de Correos y Telégrafos, con plaza en la estafeta de Fuencaliente durante trece años, la cual en la actualidad continúan sus hijos. Participó de manera muy activa en el área cultural y deportiva del municipio y destacó su contribución para la creación de la U.D. Fuencaliente, asociaciones juveniles y otras actividades. Siempre tenía una palabra afectiva, cariñosa, de ánimo para emprender y seguir adelante en cada una de las facetas de la vida. 

Falleció en edad temprana, el 18 de mayo de 1988 en su pueblo natal. Contaba 52 años de edad. El pleno del Ayuntamiento de Fuencaliente de La Palma, en tiempos del alcalde Pedro Nolasco Pérez y Pérez, acordó en su reunión de 30 de julio de 1992, concederle a su memoria una calle en el barrio de Los Canarios, que fue inaugurada, en medio de una gran emotividad, el 28 de agosto de ese mismo año, en el transcurso de las Fiestas de la Vendimia.

[1] Díaz Lorenzo, Juan Carlos. Fuencaliente. Historia y tradición. pp. 339-340. Madrid, 1994.

Foto: Familia Carballo Álvarez

Juan Carlos Díaz Lorenzo

Nació el 4 de octubre de 1952 en Villa de Mazo, hijo de Antonio Hernández Pérez y de María Santos Brito. Su niñez transcurrió en su pueblo natal, en una casa contigua al Ayuntamiento en compañía de sus padres y una única hermana, María Teresa. Allí se sucedieron los juegos infantiles, las alegrías, los primeros trabajos en un cálido ambiente de armonía familiar, sólo rota por la prematura muerte de su padre.

Realizó los estudios primarios en el colegio de la villa y posteriormente en la capital palmera, en el entonces único instituto que lleva el nombre del célebre político fundador del Partido Republicano Palmero, nacido, precisamente, en Mazo. Obtuvo el título de bachiller superior, después hizo el Preu y compaginaba los estudios con diversos trabajos que contribuían a sostener la economía familiar.

Antonio Francisco Hernández Santos (1952-1991)

En 1974 aprobó unas oposiciones convocadas por el ayuntamiento de Villa de Mazo, para ocupar plaza de oficial de la escala técnico-administrativa, de lo que tomó posesión el 2 de mayo del citado año, ante el secretario de la corporación local, Enrique Aznárez Martín.

A partir de entonces su labor en el Ayuntamiento no se limitó a su cargo de oficial, tarea que realizó durante ocho años y medio, sino que, además, durante largos periodos intermedios –seis años y cinco meses- desempeñó funciones de secretario accidental por diversos motivos, en tiempos en los que no se disponía de los medios técnicos actuales y humanos y Villa de Mazo no era una excepción.

La experiencia que adquirió en esta época, junto a la proporcionada por los estudios de Derecho en la Universidad de La Laguna, le animó a presentarse a pruebas selectivas para cubrir plaza de funcionario de Administración Local, con habilitación nacional, sub-escala de secretaría-intervención ante el tribunal constituido al efecto en la Comunidad Autónoma de Canarias, las que superó y asistió al curso selectivo celebrado en Madrid, figurando, a partir del 1 de julio de 1989, integrado en la mencionada subescala.

Antonio Francisco Hernández Santos tuvo que participar en el concurso de traslado y obtuvo plaza definitiva en el Ayuntamiento de Alajeró, a donde se trasladó con su familia y comenzó lo que parecía ser una larga estadía en este pueblo del sur de La Gomera. Sin embargo, el 24 de julio de 1989, en contestación al escrito del alcalde de Fuencaliente de La Palma, de 30 de junio del citado año, fue autorizado para una comisión de servicio a la plaza de secretario[1].

Nuestro protagonista regresó entonces a su isla natal, aunque no cesaron sus relaciones con el Ayuntamiento de Alajeró, al que siguió asesorando en asuntos de intervención.  Su estancia en el Ayuntamiento de Fuencaliente de La Palma constituyó el mejor momento de su vida profesional, regido por un afán de superación y modernización de la vida municipal, lo cual le llevó a asistir a cursos de Ordenamiento Urbanístico, jornadas sobre Presupuesto y Contabilidad, Tratamientos Estadísticos…, que compaginó con su familia y dos grandes aficiones: los coches antiguos y la agricultura. Sin embargo, todo se truncó cuando falleció el 19 de enero de 1991, a la edad de 38 años. Tiempo después, el pleno del Ayuntamiento le concedió honores y una calle del barrio de Los Canarios lleva su nombre.

Foto: Archivo de Juan Carlos Díaz Lorenzo

Nota: 

[1] Díaz Lorenzo, Juan Carlos. Fuencaliente. Historia y tradición. p. 345. Madrid, 1994.

Juan Carlos Díaz Lorenzo

El sumiller Josep Roca, copropietario del Celler de Can Roca, considerado uno de los santuarios gastronómicos del país, situado en Girona, ha publicado un artículo en el periódico “La Vanguardia”, en el que elogia las características del vino malvasía aromática dulce 2011 de Matías i Torres, firma familiar en quinta generación, dirigida por Victoria Torres Pecis y establecida desde finales del siglo XIX en Fuencaliente de La Palma.

“La Vanguardia”, fundado en 1881 en Barcelona, es uno de los periódicos más importantes de España y el más influyente de Cataluña. Los hermanos Roca, Jordi, Josep y Joan, definen el Celler de Can Roca como “el mundo dulce, el mundo líquido, el mundo salado. La cocina, la sala, la bodega; el arte, la técnica, el diálogo. Luz, espacio, personas; objeto, mirada, instante. En El Celler, todo es un juego a tres bandas”.

El néctar de dioses es la suma de las cepas, el terreno volcánico y la sabiduría y dedicación constante

Victoria Torres, quinta generación, imprime una nueva dinámica en Matías i Torres

El Celler de Can Roca es un restaurante free-style, “de  cocina en libertad, comprometida con la vanguardia creativa, sin renunciar a la memoria de las generaciones de antepasados de la familia dedicadas a dar de comer a la gente. El compromiso con la cocina y con la vanguardia, además de su vinculación con el academicismo, ha conllevado a una defensa del diálogo permanente con los productores y con los científicos, al diálogo total”.

El artículo de Josep Roca, ilustrado con una botella de 50 cl de malvasía dulce, es breve y dulce, como el vino al que elogia. Define los encantos indiscutibles del fruto final convertido en líquido de los dioses y lo hace con evocación a la figura de Pablo Neruda, en el siguiente tenor literario bajo el título “Evocación del infinito en La Palma”:

“Un vino naturalmente dulce, de contemplación, de sorbo lento, hechicero, nocturno, para mirar el cielo y seguir a Neruda cuando, inspirándose en los cielos de Chile, recitaba: “La noche está estrellada y tiritan azules, los astros a lo lejos…”. Victoria T. participa del legado de ser quinta generación transitando por una isla bonita, hechicera. La Palma es uno de los mejores lugares del mundo para observar las estrellas. Cuentan que en La Palma, el cielo es sagrado, protegido, como su viñedo. Victoria mantiene el laboreo tradicional: plantas sin injertar, secano estricto, viñedos de 50 a 70 años, mantenimiento de las uvas locales albillo criollo, negramoll, las machuqueras-listan blanco, diego y la original malvasía aromática palmera que prensa y macera en pino-tea canario. Artesanía ancestral. Las viñas viven en Los Llanos Negros, entre un mar de agua y un mar de nubes, en las inmediaciones del monumento natural de los Volcanes de Teneguía. Se sitúan sobre lecho de lapilli, marginales, en conducción arrastrada, y algunas son centenarias. Con el clima tropical cálido, mediterráneo seco, su vendimia es tardía; su elaboración, sin paradas forzadas, sin levaduras, sin correcciones, para que fluya un vino entre generaciones, lentamente. Flores marchitas, frutas pasas, miel de palma, confitura de cítricos y sabores evocadores de plátano flambeado al ron isleño. Quizás si Neruda hubiera conocido La Palma, con una copa en mano de esta malvasía palmera admirando el cielo, sabríamos cómo es el infinito”.

Fotos: Matias i Torres

Juan Carlos Díaz Lorenzo

A Florencio Pérez y Pérez, don Florencio, le recordamos de manera especialmente grata por tres razones, entre otras. La primera, por su persona, su talante y su forma de ser; la segunda, por su generosa entrega durante muchos años como maestro nacional y la tercera, porque fue el primer alcalde constituyente en Fuencaliente de La Palma, su pueblo natal, cuyo mandato se produjo entre el 23 de enero de 1977 y el 19 de abril de 1979[1].

Entrañable conversador, buen amigo y mejor consejero, mantuvimos frecuentes encuentros y ahora evocamos las entretenidas conversaciones en la terraza de su domicilio en Los Canarios, en las tardes calurosas de las vacaciones de verano o en cualquier otro viaje al pueblo, en el que siempre era una grata obligación pasar a saludarle, a sabiendas del afecto y respeto que mutuamente nos profesábamos.

Florencio Pérez y Pérez (1904-1995)

Florencio Pérez y Pérez nació el 26 de octubre de 1904 en Las Caletas y era el tercero de los hijos del matrimonio formado por Benito Pérez Díaz y Elena Pérez y Perez. Aprendió las primeras letras siguiendo las enseñanzas del maestro nacional Luciano Hernández Díaz y en 1922, cuando contaba 18 años de edad, cruzó el Atlántico y por espacio de dos años permaneció en Cuba.

De regreso a La Palma cumplió el servicio militar y, a continuación, cursó los estudios de Magisterio en la Escuela Normal de La Laguna, en la que obtuvo su título el 1 de noviembre de 1934. De su misma época fueron otros maestros de grata memoria, como Braulio Martín, años después cronista oficial de El Paso; Antonio Cabrera, Pedro Díaz Duque y Bello Ramos.

Su primera escuela la tuvo en Tenagua (Puntallana) y en dicha etapa también impartió clases en Los Galguitos y, más tarde, en Los Sauces. Destinado a continuación a La Gomera, con escuela en Tamargada, al poco tiempo presentó su renuncia y se presentó a las oposiciones, en las que obtuvo su plaza en propiedad. En 1937 contrajo matrimonio con Delmira de Paz Hernández, de cuya unión nacieron tres hijos: Adelino, Maximino Jorge y Ángel Luis Pérez de Paz, este último fallecido en edad temprana.

En esta segunda etapa estuvo destinado en La Medida (Güímar), Aguatavar (Tijarafe), El Mudo (Garafía) y después de seis años en el citado barrio, consiguió el traslado a Los Canarios, en donde impartió la docencia hasta su jubilación en 1975[2]. El 26 de agosto de 1988 fue inaugurada una calle con su nombre en su pueblo natal, entrañable homenaje en vida en el que tuvimos el honor y la gran satisfacción de asistir. Sus últimos años de vida transcurrieron en La Laguna (Tenerife), donde falleció el 23 de diciembre de 1995.

Bibliografía

[1] Díaz Lorenzo, Juan Carlos. Fuencaliente. Historia y tradición. p. 171. Madrid, 1994.

[2] Op. cit. pp. 329-330.

Foto: Archivo de Juan Carlos Díaz Lorenzo